Trazabilidad: cuando la sanidad también define quién se queda con el negocio
Europa restringe a Brasil y la Argentina descubre que la trazabilidad también puede ser un gran negocio.
La decisión de la Unión Europea de restringir el ingreso de productos de origen animal de Brasil por las nuevas exigencias sobre el uso de antimicrobianos podría leerse simplemente como otro conflicto comercial.
Para la Argentina, sin embargo, debería servir para discutir algo bastante más importante: cuánto vale hoy poder demostrar cómo, dónde y bajo qué condiciones producimos los alimentos que exportamos.
Desde el 3 de septiembre, la Unión Europea aplica nuevas reglas para los países extracomunitarios que venden animales y productos de origen animal destinados al consumo humano. El objetivo declarado es combatir la resistencia a los antimicrobianos y exigir a los proveedores externos garantías equivalentes a las que reciben los productores europeos.

Brasil quedó fuera de la nueva lista de países autorizados para distintas categorías. Argentina, en cambio, permanece habilitada para productos bovinos y aviares, entre otros.
No es un detalle administrativo. Es comercio.
Cuando la trazabilidad se convierte en plata
Durante años hablamos de trazabilidad, sanidad, inocuidad, bienestar animal y sustentabilidad como exigencias que llegaban desde los países desarrollados. Muchas veces, incluso, como costos adicionales que debía asumir el productor para acceder a determinados mercados.
Ese razonamiento empieza a quedar viejo.
Cuando uno de los mayores exportadores mundiales encuentra cerrada una puerta por no acreditar determinados requisitos, queda demostrado que la sanidad también es competitividad.
Un frigorífico puede producir una carne extraordinaria y un productor puede invertir en genética, nutrición y manejo. Pero si el país no puede demostrar cómo se produjo, qué protocolos se utilizaron y qué controles respaldan ese producto, todo ese valor puede desaparecer en una oficina ubicada a 10.000 kilómetros del campo.
Por eso organismos como el Senasa, los sistemas de identificación animal y la capacidad argentina de certificación deberían empezar a ser vistos también como parte de la infraestructura exportadora del país.
No solamente controlan. También ayudan a vender.
Brasil tiene escala; Argentina necesita transformar confianza en valor
Sería un error festejar el problema brasileño. Brasil seguirá siendo una potencia agroalimentaria, con una escala productiva que la Argentina difícilmente pueda replicar y con una enorme capacidad para reaccionar ante estas situaciones.
De hecho, el propio gobierno brasileño informó que mantiene negociaciones técnicas con Bruselas y que ya concluyó una auditoría europea sobre las cadenas de carne aviar y miel para avanzar hacia su reincorporación.
Pero el episodio permite observar algo interesante.
En el tablero agroexportador sudamericano cada país juega con cartas diferentes. Brasil tiene escala. Uruguay construyó durante años una fuerte reputación alrededor de la trazabilidad de su ganadería. Paraguay viene creciendo como productor y exportador. Y la Argentina conserva prestigio productivo, calidad, conocimiento tecnológico y capacidades sanitarias reconocidas internacionalmente.
La pregunta es quién consigue transformar mejor esas ventajas en mercados, volumen y dólares por tonelada exportada.
Y ahí aparece nuestra contradicción.
Argentina puede cumplir estándares sanitarios exigentes y desarrollar sistemas de trazabilidad sofisticados mientras, al mismo tiempo, carga sobre sus cadenas exportadoras retenciones, costos logísticos, presión tributaria y cambios permanentes en las reglas de juego.
Podemos superar una barrera externa y crear varias puertas adentro.
La sustentabilidad dejó de ser solamente un discurso
Algo parecido ocurre con la sustentabilidad.
Europa discute antimicrobianos, deforestación, bienestar animal, emisiones y huella de carbono. Otros compradores tendrán prioridades diferentes. Pero existe una tendencia difícil de ignorar: cada vez más atributos que antes eran voluntarios empiezan a formar parte de las condiciones de acceso a los mercados.
Podemos discutir -y debemos hacerlo- cuándo una exigencia responde a fundamentos científicos y cuándo funciona como una barrera paraarancelaria encubierta para proteger productores locales.
Pero negar que esas reglas afectan los negocios no las hace desaparecer.
Para la Argentina el desafío debería ser otro: convertir cumplimiento en valor.
Si nuestros sistemas productivos pueden demostrar atributos ambientales, sanitarios o de trazabilidad superiores, la discusión no debería terminar en cuánto cuesta certificarlos. Debería empezar por cuánto está dispuesto a pagar el mercado por ellos.
Del carbono a los dólares
El mercado de carbono ofrece otro ejemplo.
La Sociedad Rural Argentina estima que los créditos de carbono podrían representar una oportunidad cercana a los US$4.800 millones anuales para el país. La entidad viene trabajando en una propuesta para generar un marco jurídico que permita desarrollar esos proyectos y sostiene que el valor generado debe llegar principalmente a propietarios y productores.
La cifra es una estimación sectorial, no un ingreso asegurado. Pero plantea una discusión que el agro argentino debería dar.
Si un productor captura carbono, conserva ambientes, reduce emisiones, mejora la trazabilidad o adapta su producción a estándares internacionales, ¿quién captura finalmente ese mayor valor?
¿El productor? ¿La industria? ¿El exportador? ¿El certificador? ¿Los intermediarios? ¿El Estado?
Esa discusión probablemente sea mucho más importante que debatir simplemente si estamos a favor o en contra de la sustentabilidad.
La nueva licencia para vender
Lo ocurrido con Brasil deja una enseñanza que la Argentina debería mirar sin oportunismo, pero tampoco con indiferencia.
En el comercio agroalimentario que viene no alcanzará con producir mucho y barato. Habrá que producir, demostrar cómo se produjo y conseguir que el mercado reconozca económicamente esa diferencia.
Argentina tiene buena parte de esa infraestructura construida. Tiene productores, tecnología, conocimiento, sistemas sanitarios y una historia exportadora que todavía pesa.
Lo que no siempre tiene es una estrategia capaz de convertir esas fortalezas en una ventaja comercial sostenida.
Tal vez esa sea la discusión verdaderamente interesante sobre sustentabilidad. No aceptar mansamente cada nueva exigencia que llega desde Bruselas ni descartarla automáticamente como proteccionismo.
Hay que determinar cuáles son reglas sanitarias legítimas, cuáles esconden barreras comerciales y, fundamentalmente, cómo hacemos para que cada estándar que el productor argentino está en condiciones de cumplir se transforme en acceso a mercados, mayor valor agregado y más dólares para la cadena.
Porque la trazabilidad cuesta. Los controles cuestan. Mantener un sistema sanitario confiable cuesta.
Pero perder un mercado cuesta mucho más.
FUENTE: Agrolatam