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Ganadería en Argentina: sin financiamiento el crecimiento será limitado

El exportador Fausto Brighenti, productor, trader y directivo de APEA (Asociación de Productores Exportadores Argentinos), analiza la situación y perspectivas del mercado mundial de la carne vacuna y la competitividad de las empresas argentinas.

El mercado internacional de la carne vacuna está centrando su atención en torno a la definición de China respecto de los cupos de importación de carne que se conocería en los próximos días y en la previa a la SIAL de Shagai, que se realizará del 18 al 20 de mayo.

Esta sería una decisión bastante lógica, teniendo en cuenta que los cupos autorizados en enero sumaron 2,7 millones de toneladas, por debajo de las importaciones hechas en 2025 y de lo previsto para este año.

Pero, como suele ocurrir con China, cualquier movimiento tiene impacto global y, en este caso, podría repercutir directamente en los precios.

No es un dato menor que China represente cerca del 50% de los embarques argentinos. Es, por lejos, nuestro principal destino en volumen. En los últimos meses, además, operó con precios firmes, incluso cercanos a los máximos históricos de 2019.

Sin embargo, esa fortaleza convive con una dinámica comercial más lenta: hay menos operaciones, porque muchos importadores no están dispuestos a convalidar valores que luego no pueden trasladar al mercado doméstico sin perder margen. Ahí aparece el riesgo y también una señal de alerta sobre la sustentabilidad de estos niveles de precios en el corto plazo.

El mercado está, literalmente, en vilo. China es juez y parte: un buen porcentaje de las importaciones las realizan empresas estatales, por lo que la política y la economía se entrelazan de manera directa. Si el gobierno decide flexibilizar los cupos -algo que debería definirse tras el feriado en ese país-, no solo impactará en el precio de la carne importada, sino también en la inflación interna china.

Ya ocurrió en 2019, cuando una suba del 25% en dólares obligó a una intervención para enfriar los valores. Hoy podríamos estar frente a un escenario similar, aunque con un mercado más tensionado por la oferta global.

Este escenario también condiciona a Estados Unidos. Allí están atentos a qué hará China para entender si el volumen que Brasil no pueda colocar en Asia terminará redirigiéndose hacia el mercado norteamericano a precios más bajos.

Estados Unidos, que hoy está muy demandado, es el principal destino alternativo para ese volumen, aunque no puede absorberlo completamente. Esa expectativa mantiene en pausa decisiones comerciales relevantes en ambos lados.

En ese contexto, Argentina queda expectante, dependiendo de dos mercados que compiten por el mismo producto: la vaca de descarte y determinados cortes destinados a la industria.

Tanto China como Estados Unidos compran escencialmente lo mismo. En el caso norteamericano, cerca del 50% del consumo es carne picada y lo que importan desde Sudamérica va mayoritariamente a esa línea industrial. No es, para nosotros, un mercado de carne de calidad, aunque sí lo sea en términos generales.

Hoy, Estados Unidos está pagando incluso algunos dólares más que China para quienes tienen acceso a la cuota; el precio se ubica en torno a los 7.000-7.100 dólares por tonelada para carne 90CL. Esto vuelve más atractivo diversificar, algo que Argentina necesita con urgencia después de años en los que prácticamente no tuvo alternativas por restricciones internas.

La diversificación no solo mejora precios, también reduce riesgos ante decisiones unilaterales de los grandes compradores.

Ahí aparece uno de los problemas estructurales importantes: la competitividad. Seguimos teniendo retenciones del 5% para la carne de novillo, es decir para el producto con mayor valor agregado. Es, en la práctica, un castigo al que invierte, recría, engorda y mejora la calidad. Y lo más llamativo es que su impacto fiscal es marginal, inferior a los 100 millones de dólares. Eliminar ese impuesto sería una señal clave para toda la cadena y permitiría capturar mejor los precios internacionales.

A eso se suma un tipo de cambio que no acompaña a la inflación y al costo de los insumos que están en niveles récord. Hoy convivimos con precios de exportación muy altos y costos igualmente elevados. En el medio, la industria y los productores tienen que hacer equilibrio.

La normalización de la economía argentina, positiva en términos generales, también expone ineficiencias: ya no hay inflación o devaluaciones que las oculten, y eso obliga a ser mucho más profesional en cada eslabón.

Esto está generando un proceso de depuración y concentración en la industria frigorífica. Hay plantas que no logran niveles óptimos de actividad o directamente quedan fuera del sistema. En un negocio cada vez más sofisticado, las habilitaciones -China, Estados Unidos, Unión Europea, Israel- son determinantes.

Sin acceso a esos mercados, es prácticamente imposible competir, y eso redefine el mapa de jugadores en el país.

Más allá de estas tensiones, el escenario global es favorable. La demanda supera a la oferta y eso sostiene los precios. Venimos de años de sequía y de caída del stock en la región, por lo que la oferta no crece al ritmo necesario. Todo indica que 2026 será mejor que 2025 y que los picos de precios podrían verse incluso más adelante. Esa expectativa es la que hoy sostiene muchas decisiones productivas.

Sin embargo, para aprovechar este contexto, Argentina necesita resolver sus propios desafíos: bajar la carga impositiva, mejorar la competitividad y generar financiamiento.

La ganadería es hoy una actividad que demanda cada vez más capital. Retener animales, aumentar la carga y producir más kilos requiere inversiones importantes, muchas veces superiores al valor del propio campo, lo que eleva la barrera de entrada y condiciona el crecimiento.

También necesitamos crédito productivo, como ocurrió en otros países que lograron expandir su ganadería de manera sostenida. Sin financiamiento, el crecimiento será limitado.

Hoy vemos algunos indicios de retención -más terneras en los campos, buenos índices reproductivos-, pero todavía estamos lejos de un proceso sostenido de expansión. Falta volumen, falta previsibilidad y falta profundidad en las herramientas financieras.

En síntesis, el mundo ofrece una oportunidad: precios altos y demanda firme. Pero el negocio es cada vez más volátil, más exigente y más dependiente de decisiones políticas externas.

China marca el pulso, Estados Unidos complementa y Argentina tiene el desafío de ordenarse para poder capitalizar este momento. Aun así, con los valores actuales, la ganadería vuelve a ser un negocio atractivo. Y ese, en definitiva, es el punto de partida indispensable para pensar en el crecimiento sostenido de toda la cadena.

FUENTE: Informe Ganadero