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Cuando el precio no importa: la pasión de los estadounidenses por la carne

En una economía donde casi todo genera irritación, la carne vacuna parece ser la excepción. Los consumidores protestan cuando la nafta sube unos centavos, cuando la vivienda se torna inaccesible o cuando el costo del seguro médico golpea el bolsillo familiar.

Las quejas también abundan frente al encarecimiento de productos básicos en los supermercados. Sin embargo, cuando se trata de carne, la reacción es distinta: los precios aumentan año tras año y, aun así, los consumidores siguen comprando.

Según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), el precio de la carne vacuna aumentó alrededor del 13 % en el último año. Lo lógico sería esperar una disminución en el consumo, pero ocurre exactamente lo contrario. Las proyecciones oficiales indican que la demanda continuará creciendo durante 2026, al igual que la de otras proteínas animales.

Más sorprendente aún es que los consumidores no están migrando hacia opciones más económicas. Una encuesta realizada por la revista Food + Wine, con base en información de cadenas como Aldi, Trader Joe’s y Sam’s Club, muestra que los compradores siguen inclinándose por cortes premium como el ojo de bife, bife angosto y el lomo. En otras palabras, no solo siguen consumiendo carne vacuna, sino que están dispuestos a pagar más por ella.

La explicación económica es conocida. Estados Unidos enfrenta una de las menores disponibilidades de ganado bovino de los últimos 75 años. A ello se suman los elevados costos de producción, las sequías recurrentes en importantes regiones ganaderas y una fuerte concentración industrial, donde cuatro grandes empresas controlan cerca del 85 % de la faena y procesamiento de la carne.

Cuando la oferta disminuye y la demanda aumenta, el resultado inevitable son precios más altos. No hay misterio. Es la ley más elemental de los mercados.

Pero detrás de las cifras existe un fenómeno más profundo. El consumo de carne en Estados Unidos no obedece únicamente a razones nutricionales ni económicas. Se trata también de un asunto cultural.

La historia de la nación está íntimamente ligada a la ganadería. Tras la conquista del Oeste, las grandes praderas se poblaron de ganado y el vaquero se convirtió en una de las figuras más representativas del imaginario estadounidense. Hollywood terminó de construir el mito, transformando al cowboy en símbolo de libertad, independencia y emprendimiento.

Esa narrativa se consolidó durante generaciones. La carne dejó de ser simplemente un alimento para convertirse en una expresión de identidad nacional. La hamburguesa, el “chuletón” del asado dominical o el lomo servido en un restaurante de alta categoría representan mucho más que una comida: simbolizan un estilo de vida.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento de los suburbios y el auge de la comida rápida profundizaron esa relación. La hamburguesa se transformó en uno de los íconos de la cultura estadounidense y, con ella, la carne adquirió una presencia cotidiana que aún hoy parece inquebrantable.

Las cifras confirman esa realidad. El USDA estima que durante 2026 el consumo de carne vacuna alcanzará los 29.380 millones de libras, un volumen superior al registrado antes de la pandemia. Incluso en un contexto de precios históricamente altos, la demanda continúa avanzando.

Para los ganaderos estadounidenses, esta situación representa una oportunidad, pero también un enorme desafío. Con una oferta limitada, muchos productores han optado por llevar animales más pesados a la faena.

Sin embargo, esta estrategia no resuelve completamente el problema. La creciente necesidad de carne magra para la elaboración de carne picada ha obligado al país a incrementar de manera importante las importaciones de carne vacuna.

Durante el primer trimestre de 2026, Estados Unidos importó 562.000 toneladas métricas, por un valor cercano a los 4.500 millones de dólares. Se trata de un incremento del 18 % frente al año anterior y de más del 120 % respecto a hace cinco años.

Todo indica que los precios seguirán firmes mientras no se reconstruya el stock ganadero nacional. Pero hacerlo requiere tiempo, inversión y condiciones climáticas favorables. Además, persisten amenazas sanitarias y ambientales que continúan generando incertidumbre para el sector.

La lección es interesante. En tiempos en los que muchos productos se convierten en víctimas de la inflación y de los cambios en las preferencias de los consumidores, la carne vacuna mantiene una posición privilegiada. Lo hace porque detrás de ella no solo existe un mercado robusto, sino una poderosa combinación de tradición, historia y cultura.

Al final, la carne en Estados Unidos es mucho más que una proteína animal. Es parte de un relato nacional construido durante más de un siglo. Y cuando un producto logra convertirse en símbolo de identidad, la variable precio deja de ser el principal determinante de su consumo.

Quizá por eso, mientras aumentan los costos y escasean los animales, millones de estadounidenses siguen encendiendo la parrilla cada fin de semana. Porque no solo están comprando carne; están consumiendo una tradición profundamente arraigada en su forma de entender el país.

FUENTE: Contexto Ganadero