Más días de encierre y mayor participación de la exportación en el feedlot
En la cadena ganadera la cría es la estrella y el feedlot cambia de modelo.
Cristian Ormazábal, del Establecimiento Anajor, en Lincoln, Buenos Aires, explica que “la ganadería dejó de ser un negocio de oportunidad y la cría se está convirtiendo en una actividad de primera línea”. Analiza lo que pasa con las recrías y explica cómo está trabajando su empresa en ese eslabón, así como en la terminación a corral, y destaca la creciente participación de la exportación en el negocio.
La ganadería argentina está atravesando un proceso de transformación que se ve en todos sus eslabones. Desde la cría hasta la terminación a corral, el productor está tomando decisiones diferentes a las de algunos años atrás.
Hay más inversión, búsqueda de eficiencia, preocupación por la genética y la sanidad y, fundamentalmente, una mirada más empresarial sobre la actividad.
En la cría esto se nota mucho. Los productores están reteniendo vientres, aumentando sus rodeos, mejorando la genética, invirtiendo en infraestructura y poniendo mayor atención en la sanidad y el asesoramiento.
Pero además está cambiando la manera de entender el negocio. Las nuevas generaciones están mirando a la cría como una actividad rentable y de largo plazo, y no como una actividad secundaria. Ese cambio de mentalidad me parece muy importante.
Hoy se la está pensando desde la eficiencia y el resultado económico. Eso implica invertir, mejorar los índices reproductivos, trabajar sobre la genética y producir más kilos por hectárea.
Al mismo tiempo, la recría se consolidó como un eslabón cada vez más importante. En nuestro caso hemos tercerizado parte de esa actividad en campos ubicados cerca de Lincoln. Entregamos los animales a un tercero mediante un contrato y después de diez a doce meses vuelven al circuito para ingresar al feedlot.
Los contratos tienen distintas modalidades. En algunos casos se acuerda una distribución de los kilos generados, con esquemas de 60/40 o 55/45 según el convenio. Nosotros buscamos realizar pagos mensuales sobre los kilos teóricamente producidos y después hacer un ajuste al final del ciclo.
El tiempo de recría depende del peso de ingreso y del peso de salida. Hemos trabajado con animales de 180 a 200 kilos que, de acuedo al clima y las condiciones del campo, necesitan entre diez y doce meses para llegar a 300, 320 o 350 kilos. En una recría pastoril estamos hablando de ganancias de peso de entre 500 y 700 gramos diarios.
La razón por la que este esquema tiene sentido es financiera. Llevar un ternero desde el destete directamente al corral y mantenerlo encerrado durante 150 o 160 días implica una inmovilización de capital muy importante.
La recría a campo permite distribuir ese proceso y llegar al feedlot con un animal más pesado.
El propio feedlot también está cambiando. Nosotros hemos ido migrando hacia un modelo basado en hacienda propia y de terceros, con animales más pesados y mayor cantidad de días de encierre. El objetivo es producir un animal terminado para la industria exportadora.
Hoy pensamos en animales que ingresan con 280 a 350 kilos y que, idealmente, ganen unos 200 kilos dentro del establecimiento. Para eso necesitamos engordes de aproximadamente 130 a 160 días. Es una geografía diferente a la de los corrales de años atrás, porque trabajamos con animales más grandes durante mucho más tiempo.
Eso también modifica la problemática sanitaria. Siempre hay que hacer hincapié en el manejo, la limpieza y el mantenimiento de los corrales, pero cuando aumentan el peso de los animales y los días de encierre, cualquier problema se hace más evidente.
También tenemos que estar preparados para las lluvias que puedan comenzar hacia noviembre.
Este año, además, las condiciones climáticas jugaron en contra. Desde febrero tuvimos períodos de mucha humedad y lluvias y eso hizo caer la eficiencia respecto de años anteriores.
En los mejores engordes estamos obteniendo ganancias de 1,35 a 1,4 kilos diarios, mientras que en los casos más complicados podemos estar en torno de 1,05 a 1,150 kilos por día.
También estamos haciendo pruebas con recría dentro del corral. Son animales que ingresan con 250 o 270 kilos y realizan una recría corta, de 70, 80 o 90 kilos, hasta llegar a 320 o 350 kilos. El objetivo es evitar que el animal se engrase demasiado temprano. Son dietas con más fibra y ganancias de entre 700 y 900 gramos diarios.
En cuanto a la oferta de machos, no necesariamente veo una explosión del encierre de esta categoría dentro de nuestro establecimiento. Sí se percibe una mayor oferta de machos en la recría.
La mayoría de quienes hacen recría tiende a trabajar con machos, mientras que las hembras suelen recriarse durante períodos más cortos y con destino a reposición.
El gran problema hoy está en la cuenta económica. Para mí, el único segmento del engorde que tiene posibilidades de generar rentabilidad es el orientado a la exportación.
Los kilos producidos dentro del feedlot pueden ser rentables, pero el problema está en el precio de compra de la invernada.
Si uno compra un animal de 200 a 250 kilos para producir un gordo de consumo interno en un engorde de unos cien días, los números hoy no resultan atractivos. En cambio, cuando se trabaja con un animal recriado de unos 350 kilos y se busca producir alrededor de 200 kilos adicionales para la exportación, la ecuación puede ser favorable.
El problema aparece cuando la reposición se dispara. Hasta hace tres o cuatro semanas un novillo recriado podía encontrarse en valores de 4.700 o 4.800 pesos por kilo, pero recientemente se observaron operaciones en 5.200, 5.300 y hasta 5.400 pesos.
Con esos valores es imposible que cierre el negocio si después la carne de exportación se ubica en
torno de 8.000 o 8.200 pesos/kilo en gancho más IVA.
La cuenta indica que el valor de compra debería estar mucho más cerca de 4.600 o 4.700 pesos más IVA.
Cuando uno encierra un animal durante 150 días, no sabe exactamente a cuánto va a venderlo. En un país más estable, probablemente las oscilaciones de precios sean menores y eso permita trabajar con otra previsibilidad. Pero hoy no se puede pagar cualquier precio por la reposición esperando que la cuenta cierre seis meses después.
Por eso nosotros trabajamos con los dos destinos, consumo y exportación, pero la hacienda propia de la empresa está orientada 100% a la exportación.
La recriamos durante aproximadamente un año y después hacemos la terminación a corral. La exportación tiene mayor poder de compra y eso nos permite defender mejor el negocio.
Hoy intentamos comprar un novillo recriado entre 4.300 y 4.600 pesos por kilo. Si tengo que pagar 6.500 pesos por un ternero de 200 kilos y después encerrarlo durante cien días, no encuentro una forma de que la cuenta sea rentable.
El aumento del peso de faena está relacionado con esta transformación del negocio. Hay más hacienda en los corrales, pero también más días de encierre y más kilos producidos por animal. La industria necesita novillos pesados en volumen y, como muchas veces no encuentra suficiente oferta, una de las formas de garantizarse materia prima es producir su propio gordo.
Eso también explica por qué la exportación tiene hoy una incidencia cada vez mayor en los engordes. Si la industria necesita novillos pesados todas las semanas, tiene un incentivo para integrarse hacia atrás y asegurarse los animales necesarios para mantener un piso de faena.
De cara a los próximos meses, es difícil anticipar qué puede pasar con los precios. Si aumenta la oferta de hacienda pesada destinada al consumo interno y el consumo de carne no mejora, es probable que los valores tengan dificultades para sostenerse.
Para la exportación el escenario puede ser diferente. Si a China le empieza a faltar oferta de Brasil y Europa también enfrenta una menor disponibilidad, todo indica que debería existir espacio para que los precios internacionales continúen firmes. La incógnita es cuánto pueden subir y cuánto de esa mejora puede trasladarse al productor.
En el mercado interno también veo un cambio estructural. El carnicero tradicional tiene cada vez más dificultades para sostener el negocio. El matarife puede tener una posición relativamente más favorable, aunque también está expuesto a la caída del consumo.
Hay un dato importante: el valor del gordo, según las categorías, está entre 500 y 600 pesos por kilo por debajo de los niveles de febrero. Eso significa que hoy se necesita menos capital para comprar la misma media res que hace seis meses. Para quien compra y vende carne, esa baja del precio de la hacienda puede aliviar parte de la necesidad de capital de trabajo.
El problema está en otro lado. El productor que genera el animal terminado sigue enfrentando costos crecientes y una reposición cada vez más cara.
Y el carnicero tampoco está cómodo: sus costos continúan aumentando y necesita facturar más por cada operación para compensar la menor rotación.
En definitiva, creo que estamos frente a una ganadería que se está profesionalizando y modificando sus ciclos. La cría retiene y se fortalece, la recría gana espacio y el feedlot se alarga, con animales que entran más pesados y salen con más kilos. Pero esa transformación exige capital, eficiencia y una elección cada vez más clara del destino de la hacienda. Hoy, para nosotros, esa elección es la exportación, porque es donde la cadena tiene mayor capacidad para pagar los kilos adicionales que estamos produciendo.
FUENTE: Informe Ganadero