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Ganadería, emisiones y futuro: el relato que empieza a cambiar

En los últimos diez años, hemos asistido a una abundante circulación de información —y desinformación— sobre los temas ambientales vinculados a la producción agropecuaria a nivel global.

Se impusieron criterios centrados en las emisiones de CO₂ de los sistemas productivos, sin contemplar los aportes o el secuestro de carbono que forman parte del balance real que estos sistemas generan. Al mismo tiempo, el verdadero origen del problema —la quema de combustibles fósiles— no recibió la atención que sí se le asignó, desproporcionadamente, a la producción agropecuaria y forestal.

En ciertos casos, se llegó incluso a demonizar la actividad ganadera, otorgando incentivos y subsidios para su reducción en algunos países europeos, debido a las emisiones de metano. Estas políticas no consideraron ni los aportes de carbono derivados del uso de pasturas, ni el impacto social y ambiental que implica abandonar la producción ganadera en distintas regiones del mundo.

Desde la Fundación, hemos planteado siempre la necesidad de buscar un equilibrio: reducir emisiones a lo largo de toda la cadena productiva mediante una mayor eficiencia en el uso de los recursos, y al mismo tiempo, utilizar todas las tecnologías disponibles que permitan aumentar la productividad, reduciendo así el impacto por unidad producida.

Mientras tanto, el consumidor global de alimentos ha vuelto a cambiar sus preferencias. Como expusimos recientemente en nuestro seminario, la demanda de alimentos aumenta en forma directa con el crecimiento del PBI per cápita, tanto en cantidad como en calidad.

Las necesidades proteicas en las dietas están en alza, y se observa un retorno a las proteínas convencionales (todas las carnes y los lácteos), luego de un auge desmedido de las proteínas vegetales en los últimos años.

Como ejemplo de esta tendencia, basta con mirar las proyecciones del USDA sobre el comercio global de carnes hacia 2034.

FUENTE: Producir Conservando