Carnes: un negocio que toma vuelo y valor
La primera exportación aérea de carne refrigerada desde el aeropuerto de Córdoba hacia Portugal marca un punto de inflexión para el negocio cárnico argentino. No se trata solo de un hito operativo —más de 4000 kilos de tapa de cuadril enviados por vía aérea— sino de una señal clara del cambio de paradigma: menos volumen, más valor y una logística pensada para abastecer nichos premium que demandan frescura inmediata.
Portugal, hoy cuarto destino en importancia dentro de la Unión Europea, consolida así su lugar en un esquema exportador cada vez más orientado a la calidad.
Este tipo de operaciones no es un hecho aislado. Forma parte de una transformación más profunda que también se refleja en la implementación de la identificación electrónica individual obligatoria, vigente desde el 1° de enero de 2026 según la resolución 841/2025 del Senasa.
Esta herramienta, sobre la que ya hemos insistido en artículos anteriores, es clave para abrir mercados estratégicos como Turquía, el segundo mayor importador mundial de ganado en pie, que exige trazabilidad individual alineada con los estándares europeos.
El cambio de rumbo del negocio quedó en evidencia en los números de 2025. El año cerró con un récord histórico de más de US$3800 millones en exportaciones de carnes, aun cuando el volumen embarcado fue menor.
El dato confirma que el mercado dejó de medirse exclusivamente en toneladas: la reconfiguración hacia destinos que valoran la calidad permitió que el precio promedio por tonelada se incrementara un 38%, superando los US$ 5400.
Para 2026, el escenario proyecta precios firmes. El ciclo de retención de hacienda para recomponer stock mantendrá una oferta ajustada, mientras que los valores internacionales seguirán actuando como referencia aspiracional, con precios que alcanzan los US$5 por kilo vivo en mercados como Estados Unidos.

En este contexto, el rol del Estado resulta determinante. No solo como regulador, sino como garante de sanidad y facilitador del acceso a mercados.
En lo inmediato, es indispensable acelerar la aprobación de Certificados Veterinarios Internacionales (CVI) y avanzar en las negociaciones sanitarias vinculadas a la fiebre aftosa, para que el 97% del rodeo nacional ubicado en zonas con vacunación pueda acceder sin restricciones a mercados clave, en particular los asiáticos.
A mediano y largo plazo, el desafío pasa por encarar reformas estructurales que ataquen el costo argentino: infraestructura, logística, presión impositiva y eficiencia productiva. Sin estos cambios, la competitividad del sector seguirá dependiendo más de los precios internacionales que de una mejora genuina en los márgenes.
Para consolidar este rumbo, la Argentina también debe capitalizar las lecciones de sus principales competidores.
Brasil logró expandir su producción en regiones tropicales mediante el mejoramiento de la genética cebuína y una fuerte inversión en investigación a través de Embrapa. Uruguay construyó su posicionamiento premium sobre la base de la trazabilidad individual y biotecnologías reproductivas avanzadas. Australia, en tanto, profundizó la eficiencia productiva mediante tecnologías de precisión, selección genómica y manejo integrado de datos.
Todas estas experiencias convergen en una enseñanza central: el éxito no es producto de esfuerzos aislados, sino de una visión de largo plazo, con políticas de Estado sostenidas e inversión pública en sanidad e investigación. En ese camino, la plena vigencia de la identificación electrónica individual comienza a sentar las bases de la competitividad futura de la carne argentina.

El desafío es grande, pero la oportunidad es histórica. Si la tecnología en el potrero y la diplomacia sanitaria avanzan al mismo ritmo, la Argentina no solo volverá a sentarse en la mesa del mundo: podrá hacerlo con peso propio, discutiendo precios, condiciones y liderazgo.
FUENTE: La Nación